Mi “hump”.

Nuestra mente es el lugar más explorado y menos conocido. Pasamos 24h diarias en ella y aún así sabemos bastante poco. Nuestras emociones, nuestros recuerdos, nuestros sentimientos están todos homologados en ella y guardados en cajas como si de un almacén se tratara. Sin embargo, nos boicoteamos a nosotros mismos cambiando las categorías de los archivos conducidos por miedo, rabia u odio.

Nuestro comportamiento cambia. Nuestro habla cambia. Nuestros gestos cambian. Todo sobre nosotros cambia cuando nos encontramos delante de ciertas situaciones o personas que nos recuerdan a aquel archivo mal categorizado y archivado erróneamente.

Me fascina observar el ser humano. Me fascina nuestra habilidad de amar, odiar y mentir.

Por eso, decidí estudiar literatura.
Para muchos no es más palabras que crean frases y éstas párrafos. Pero cada palabra esconde parte de nuestros archivos internos mal categorizados y hacen un guiño a todo aquel que es lo suficientemente observador como para ver el desliz en la persona que tiene delante. Como las pixies que el profesor Lockhart deja libres creyendo poder controlar con un simple conjuro de palabras, pero que acaban sembrando el terror en la clase; así nuestros archivos erróneamente guardados traen caos a nuestra vida en nuestro momento más prepotente y lleno de orgullo.

Me enamoré de la literatura. Cada palabra que absorbía y cada palabra que respiraba me llenaban de una sensación única. Poderosa y embriagadora, me hacía sentir que controlaba mi alrededor y que conocía ciertos secretos del mundo en el que vivía (nada más lejos de la realidad). Una sensación que me recorría el cuerpo y, aunque no me viera a mi misma, sentía que me hacía dilatar mis pupilas. Una sensación de satisfacción por comprender, aprender, entender. Por conseguir, expresar, crear, trasmitir.

Hasta que esa sensación desapareció. Por mucho que leía y escribía, jamás estaba satisfecha. No sentía que mi cerebro estuviese siendo retado por nada. Sentía que mi mente había dejado de funcionar. Como si alguien la hubiese apagado.

Mi desesperación creció hasta tal punto, que llegué a plantearme dejar mis estudios. No podía continuar sin aquella sensación, porque había comenzado a vivir por aquella sensación. Aquella sensación era yo y yo era ella.

Hasta hace poco.
Hace un par de días vi una charla de TED que me abrió los ojos.

Aquella sensación no era exclusivamente mía, al parecer. Sino que la poseemos aquellos que nos consideramos creativos y es lo que nos da energía para continuar adelante. Lo que alimenta nuestra pasión.

Jamás había sido capaz de ponerle nombre a aquella sensación.

Pero en dicho video, la autora se refería a ella como “hump” (el video está en inglés). Y su proceso de experimentar el “hump” y dejar de sentirlo parecía ser una copia del mío.
Al encontrar la explicación de cómo ella había recuperado aquella melodía, mis esperanzas se alzaron y mis pensamientos comenzaron a danzar de nuevo como hacían años atrás.

Porque he decidido no perder mi hump más y para capturar el genio que me susurra palabras al oido, he decidido abrir este blog.
Para así poder volver a él cada vez que mi hump se haya perdido de camino a casa y llamarlo en medio de la noche.